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Democracia y Libertad Imprimir E-Mail
Colaboraciones - 11-M
Escrito por Gabriel Moris   
martes, 18 de diciembre de 2007

A juicio de Salvador de Madariaga, “la democracia es un medio y una forma, mientras que la libertad es una esencia y un fin”. Esta frase quizás no la hayamos interiorizado los españoles, pero creo que merece la pena incorporarla a nuestro quehacer diario. Paradójicamente, el pueblo sencillo, sobre todo el del medio rural,  hace gala de una filosofía digna de conocer y de utilizar por todo.

Cuando uno escucha a nuestros representantes políticos tratar de convencernos de sus razonamientos y ofertas, es muy frecuente comprobar que habitualmente recurren al adjetivo “democrático” para aceptemos  o rechacemos determinadas actitudes y comportamientos. Si fueran conscientes de que la democracia es sólo un medio y una forma, con seguridad que la inflación de dicho término disminuiría drásticamente.

La democracia puede ser buena si se usa de forma que ayude a que los individuos del colectivo seamos y nos sintamos libres, sin que dicha libertad tenga que producir un impacto negativo en la convivencia con nuestros conciudadanos. Los que hemos vivido con el régimen anterior, tenemos elementos de juicio para hacer afirmaciones como las realizadas anteriormente.

Recuerdo que en las conversaciones habituales que se mantenían en los lugares públicos en la época de la dictadura de Franco, muchos ciudadanos se expresaban con libertad y se sentían libres por el mero hecho de poderse expresar con la libertad que el sistema les permitía. Otros, fundamentalmente los que deseaban ser actores en la escena política, jamás hablaban en dichos términos pues la única participación política a la que podían aspirar, era la admitida y tolerada por el sistema. Dichos ciudadanos eran amonestados, reprimidos e incluso castigados por no respetar las reglas del juego impuestas desde el poder. De todos es conocido que en un régimen dictatorial, todos los poderes dimanan de un tronco único, el que ejerce el poder de manera omnímoda. Estos regímenes, si logran subsistir durante mucho tiempo, van aflojando las ataduras, incluso de forma espontánea, hasta llegar a situaciones en que pueden aparentar unas formas y una flexibilidad que pueden confundirnos con sistemas autodenominados democráticos.

También recuerdo que el sistema electoral estaba sustentado en candidaturas que procedían del ámbito familiar, social o sindical. Ello les confería cierto grado de representatividad de los estamentos constitutivos de la sociedad. Cuando se reinstaura la monarquía parlamentaria nuestro sistema evoluciona hacia la representación del pueblo a través de los partidos políticos, Dichos partidos, con el bajo grado de afiliación que ostentan,  y el imperfecto sistema electoral que mantenemos, tienen una representatividad que deja mucho que desear. No creo necesario hacer hincapié en esta aseveración. Si a ello añadimos el que la división de poderes está basada en la misma representatividad de los partidos políticos, llegamos a la conclusión del silogismo: ¿De qué democracia hablamos cuando utilizamos dicho término en nuestro lenguaje coloquial?

Con esta introducción no pretendo hacer una crítica a los sistemas políticos vividos en España durante, al menos, sesenta años de nuestra historia, sólo quiero llamar la atención sobre hechos vividos en nuestro país durante los cuatro años de la actual legislatura. Todos somos conscientes de la situación vivida durante los cuatro primeros años de este siglo. Yo no creo que en política haya que comulgar con ruedas de molino por el hecho de ser mas o menos próximo a unas ideas, muy al contrario, estoy convencido de que la política sin resultados tangibles y medibles, carece de sentido, sobre todo en una época como la actual en que existe una crisis de las ideologías.

Pues bien, si nos atenemos a los resultados reales de la acción política, me atrevo a afirmar, desde mi independencia no partidista, que la legislatura de los años 2000-2004 fue una buena legislatura en términos de resultados de gestión: La economía, la lucha contra el paro, nuestra política exterior, nuestra forma de integrarnos en la Unión Europea y la lucha contra la lacra terrorista, fueron valores en alza que condujeron al partido en el gobierno a tener unas altas expectativas de triunfo en las elecciones del año 2004. La alternancia sin más en dichas elecciones hubiera sido un avatar lógico de la pugna política por ostentar el poder en la vida pública.
En este contexto irrumpe el terrorismo en las elecciones de marzo de 2004. Terrorismo cuya naturaleza está aún por conocer. Con la masacre del 11-M, no sólo se cambia de partido gobernante, que pienso hubiera sido algo irrelevante, sino que se produce un cambio radical en la política de nuestro país, sobre todo en aspectos importantes de nuestra convivencia.

La investigación de dicha masacre no sólo no da los resultados deseados sino que se frena, se dirige, se oculta, y se olvida todo nexo de nuestra vida socio-política con dicha masacre. Hecho insólito cuando todos decíamos “queremos saber la verdad” y “España no se merece un gobierno que nos mienta”. Y,  posiblemente fuera así entre los días once y catorce de marzo de 2004, pero hoy, cuatro años después, no es una realidad.

Los frutos de las acciones emprendidas para descubrir la verdad están al alcance de cualquiera (El 73 % de los españoles quieren que se siga investigando), resultan caprichosos los españoles de 2007…En la lucha contra el terrorismo de ETA se da un giro copernicano saltándose a la torera la legislación elaborada ad hoc e introduciendo elementos de apaciguamiento, negociación y facilitando la presencia pública de los terroristas en las instituciones nacionales y europeas, frente a la anterior política de lucha frontal contra el crimen organizado.

¿Hay alguna razón objetiva para ello? Si así fuera, un sistema democrático exige una explicación a los ciudadanos. Podríamos hablar de la política energética, o sobre el reparto del agua, la igualdad y cohesión entre los territorios, los esfuerzos por conseguir una división entre los ciudadanos y las fuerzas políticas, la exclusión de los que piensan diferente tanto en el ámbito nacional como en el autonómico etc. Todo esto, desde mi punto de vista, se introdujo en la vida pública española como consecuencia del mayor atentado terrorista vivido en época democrática. Recuerdo que el primer derecho humano es el derecho a la vida.

El panorama electoral creo que debe de contemplar y permitir discutir sobre estos asuntos porque si la defensa de la vida de los ciudadanos no es importante, ¿qué lo es para nuestros políticos? ¿El comer conejo por real decreto? ¿El controlar nuestras propinas? ¿El dejar sin castigo a los verdaderos culpables de la masacre del 11-M? Por cierto, el día que se dictó la sentencia del juicio, viajé en tren a Madrid y la seguridad es la misma que había el día de los atentados, al menos externamente.

En un sistema democrático, como se dice ahora, implementado, el papel de los medios de comunicación es muy importante. De ahí la necesidad de que dichos medios no estén sometidos al poder. Tan necesario como el contraste de pareceres y de opiniones. Cuando un parlamento no ha sido capaz de aclarar las responsabilidades políticas de los atentados del Corredor del Henares, cuando los cuerpos de seguridad, siguiendo instrucciones de sus dirigentes, no han investigado más que para corroborar una versión de los hechos, insostenible judicialmente, y cuando el cien por cien de los medios de comunicación sirven al gobierno de turno y las instituciones manejadas por dicho gobierno; cualquier elemento de información discordante, incluso con pruebas, que no se une al aquelarre de las instituciones, es anatematizado.

Justo, lo que antecede, es lo que estamos viviendo estos días de diciembre. Para impedir cualquier atisbo de libertad, se arremete contra medios y personas que han pensado que viven en un régimen de libertades. Con sus investigaciones no ofenden a nadie a no ser que alguien se dé por ofendido, en cuyo caso habría que hacer alguna reflexión. No sólo no ofenden, están sustituyendo a las instituciones en el trabajo que es propio de ellas y que, por razones inconfesables, no han realizado ni están dispuestos a realizar.

Si regresamos al principio del artículo, podemos ver que se vive en democracia sólo cuando se respetan las leyes y no cuando sólo se utiliza el adjetivo democrático. Si no se vive en democracia, lo que se sufre es el vicio de la misma, la demagogia. La libertad es un bien superior, principio al que debe servir la democracia. Si se la persigue, ¿a quién sirve el régimen que no protege a sus ciudadanos ni les deja vivir en libertad?

 
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